sábado 10 de enero de 2009

El Nuevo Ministerio¹

Hace tres meses que no me llaman para ningún curro. Cosa rara porque María, la consultora de la ETT para la que trabajo, hasta donde recuerdo me llamaba cada semana, para trabajos de mierda, lo admito, aquellos que nadie en su sano juicio aceptaría, pero lo hacía cada semana. Recuerdo que una vez me llamó para transportar muebles a lomo desde un segundo piso a un décimo ¡por las putas escaleras! Otra vez me llamó para instalar unos cacharros en una zona de alta tensión con aviso de peligro y todo. En otra ocasión me llamó para tirar pala en una obra de construcción ¡en la hora de la comida! En otra me llamó para colocar unos andamios en la cima de las torres Kia sin seguro ni protección alguna. En fin, la lista de curros peligrosos que realicé es interminable y todos siempre fueron “gracias” a las fabulosas llamadas de María, una tía a quien imagino caigo tan bien como un pedo tirado dentro de un traje de astronauta. Sin embargo, nunca pensé que extrañaría escuchar ese chillido que llama voz, sobretodo en estas épocas navideñas que, por primera vez en mi vida, las he pasado sin regalos y sin un duro en el bolsillo. Tanto así que, también por primera vez en mi vida, tuve que ir a la odiosa cabalgata de los Reyes, el cinco de enero pasado, a ver si Melchor o Gaspar me tiraban alguna piruleta o caramelo que echarme a la boca. Pero tampoco en eso tuve suerte porque cuando la carroza de los Reyes Magos llegó a la Plaza de Cibeles a las nueve y treinta de la noche, y a pesar que había ido temprano para coger sitio en primera fila y de llamar la atención del negro Baltasar cuando le grité ¡Sudáfrica 2010 lo gana un país africano! las piruletas me llovieron, cierto, pero también una cantidad tremenda de brazos extendidos sobre mi cabeza, desesperados, como yo, por coger alguna chuche al vuelo. Segundos después me encontraba tendido en el suelo. Esto debe ser eso que llaman crisis, recuerdo que pensé mientras me levantaba a duras penas con el cuerpo dolorido y sin ninguna piruleta en las manos.
Cuando me dispongo a escuchar una canción de Walls of Jericho² en mi Ipod suena mi móvil. Es María, la consultora de la ETT.
—¿Hola? —respondo con la alegría propia de un perro que mueve la cola cuando le muestran un hueso con restos de carne.
—¿Franco DiMerda? —me pregunta, como siempre, a pesar que reconoce mi voz.
—Puede ser —respondo también como siempre.
—Tienes un trabajo en una tienda de vinos en Tribunal a las doce en punto. Pagan seis euros la hora y son ocho, hasta las nueve, con una hora para almorzar.
—¿Seis euros la hora? ¿Tan poco?
—Si no te interesa llamaré a otro.
—¡No! ¡No! Vale. Iré. Necesito el dinero.
Su puta madre. La situación debe estar chungísima para que ofrezcan una paga tan baja. Tres meses han pasado hasta que por fin me llaman y solo me ofrecen seis euros la hora. Y brutos, porque de netos nada. O sea que al final sacaré más o menos cuarenta euros por un día de trabajo. Menuda mierda. ¿Qué se habrán creído estos? ¿Que porque uno está más pelado que pavo de navidad pueden venir a aprovecharse de nosotros? ¡Que se jodan! No pienso contribuir a la explotación del joven trabajador por parte de los empresarios inescrupulosos. ¡Que se vayan a tomar por culo! No iré.
Quince minutos más tarde estoy en la ETT. Queda en el centro. Lo sé. Soy una puta. Pero ¿qué quieren? Estoy cansado de mendigar caramelos.
—Hola, María —saludo nomás entrar.
María está sentada tras su escritorio. Delante de ella, también sentado, un chico de unos 18 años. Se le nota nervioso y lleva una carpeta de color celeste en las manos.
—¿Y tú qué haces aquí? —me pregunta María con mirada inexpresiva.
—Me llamaste hace quince minutos para un trabajo en Tribunal. ¿No te acuerdas?
—Te dije que el trabajo era a las doce en punto.
—Pero si todavía no son las doce. Falta media hora —digo viendo la hora en mi móvil.
—Como tardabas tuvimos que llamar a otra persona.
—¿Tardar? Pero si he demorado solo quince minutos. Siempre demoro en venir quince minutos. Tú lo sabes.
—Yo no sé nada —me dice María sin perder un ápice la compostura.
—Claro que no sabes nada. Por eso trabajas aquí —le digo. Y de inmediato me arrepiento porque la acabo de cagar. Y no a ella sino a mí mismo. Diez kilos de guano sobre mi cabeza. ¡Plof!
—Para que te enteres —me dice María, ahora sí, con una mirada bastante expresiva— para entrar a trabajar aquí tuve que pasar por una serie de pruebas y competir con más de treinta candidatas. Para lo que haces tú, en cambio, un mozo, no exigimos más que disponibilidad inmediata. Eso significa acudir con rapidez cada vez que los llamamos. Demoraste quince minutos en venir. Llamamos a Carlos y vino en diez.
—¿Pero qué dices? ¿Diez minutos para venir? ¿Seis euros la hora? ¿Desde cuándo se han vuelto tan negreros?
—Parece que todavía no te has dado cuenta de que ya no eres el único en la lista de espera. Detrás de ti hay por lo menos 1200.
—Pero yo soy el tío al que le dan los curros que nadie quiere.
—1200.
—¿Cuánto tiempo que nos conocemos, María? Si soy casi como de la familia.
—1200.
—María, por favor. Tengo hambre.
—1200.
Estaba a punto de decirle que el chaval que había llamado seguro que abandonaría a las dos horas dado el tipo de curros para los que me llamaban. Pero cuando observo al chico de unos 18 años, cogiendo su carpeta celeste como escudo y con cara de asustado, me contengo. Comprendo que él no es mi enemigo. Y también que estoy suplicando por un puesto de trabajo a una ETT como si estuviera implorando la resolución de un trámite muy importante a un ministerio público.
Salgo de la ETT y me dirijo a la boca de metro más cercana. Cuando estaba por saltarme los controles del metro siento una mano que me coge del brazo. Ya estamos. Un securata que me ha pillado sin abono transportes, pienso. Pero cuando volteo me doy cuenta de que es el chaval de la ETT. El de la carpeta celeste con cara de asustado. Bueno, ahora no tiene cara de asustado. Está más bien contento.
—Hola, me llamo Carlos —me dice y me extiende la mano.
—Franco. Mucho gusto —se la estrecho.
—Quería pedirte disculpas —me dice—. Me llamaron de la ETT y no sabía que te habían llamado antes. En condiciones normales lo habría rechazado al ver el follón que se armó entre la consultora y tú. Pero hace meses que no encuentro trabajo y necesito pagar las letras de mi coche.
—No te preocupes —digo fingiendo que no me importa. Pero lo cierto es que pienso ¡Me cago en la puta! Yo necesito trabajo para comer mientras que tú para pagar el coche nuevo con el que seguro te estrellarás pronto.
—Toma —me dice Carlos entregándome una lata cerrada con el logotipo de la ETT impreso en ella.
—¿Qué es? —cojo la lata y la destapo.
—Lo último que dijiste fue que tenías hambre. Te invitaría a comer a un bar, pero no tendré un duro hasta que cobre. Así que cogí una de las latas de caramelos de la mesa de la consultora sin que se diera cuenta. No es mucho pero…
Estoy a punto de llorar. Me cuesta mucho articular palabras sin que se me note lo emocionado que me siento. Por fin mi regalo de Reyes llegó, a destiempo, pero llegó.
—Gracias, Baltasar —digo abrazando fuertemente al chaval.
—¿Baltasar?
—Quise decir, Carlos. Gracias, Carlos.
Nos despedimos y me salto los controles del metro. Una vez dentro me meto a la boca uno de los coloridos caramelos de la lata. Sabe a fresa y está de rechupete. Cuando llego al andén del metro me topo con un tipo con traje color granate y a su lado otro con camisa verde. Es un controlador del metro y un vigilante respectivamente.
—¿Me muestra su abono transporte? —me dice el controlador extendiéndome la mano.
—¡Felices Reyes! —le digo poniéndole un caramelo de limón en la mano.
Y luego me doy la vuelta y corro. Como si me urgiera ir al baño después de una semana sin cagar. Corro. Como si fueran las rebajas de enero y tuviera efectivo para comprar. Corro. Como si me llamaran nuevamente de la ETT para un nuevo trabajo mal pagado. Corro. Corro. Me corro.
Pero con un caramelo de fresa en la boca todo me sabe mejor.

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¹ “The New Ministry”, título de una de las canciones del álbum “The American Dream” del grupo Walls of Jericho.
² Grupo norteamericano de Metalcore.

sábado 20 de septiembre de 2008

Nosotros No Vamos A Tomarlo¹

Para mi colega Arturo

—Esto es lo malo de las ETT. Hoy te la chupan y mañana te dan por culo. Parece que pagan más por hora que un trabajo fijo, pero eso es porque te incluyen en la paga lo de las vacaciones.
Dos de la tarde con cinco minutos. Arturo y yo entramos al primer bar que vemos a la salida del curro. Arturo es, perdón, era mi compañero de trabajo, un chaval de 22 años al que, al igual que a mí, llamaron de la ETT hace dos días para un curro urgente en García Noblejas. “Ocho euros la hora, ocho horas a la semana durante un mes en un almacén de ropa de marca. Un trabajo de lo más sencillo”, nos dijo María, la consultora de la ETT que está más buena que una actriz porno pero que es más mala que pegarle a una mujer embarazada.
—Yo estoy acostumbrado a trabajar fuerte ¿sabes? Hice la mili y allí me hacían lavar hasta los baños. ¿Sabes la cantidad de mierda que tuve que raspar y de distintos colores? Ya te digo. Pero lo que no soporto es hacer el trabajo de otras personas mientras se quedan de pie mirándote como si nada.
Arturo, un chaval en paro ilusionado con esta nueva oportunidad que le daban, trabajó más duro que todos en este “trabajo de lo más sencillo” cargando y descargando camiones llenos de cajas de ropa de más de 25 kilos de peso cada una. La jefa de almacén, una vieja con olor a desinfectante de baño pero que jura que huele a Channel Nº 5, al parecer no entendía que Roberto trabajase más que el resto y lo echó a la calle tan solo día y medio de comenzar el curro. Es decir, hace cinco minutos.
—Por eso, porque no soy gilipollas, fui y se lo dije a esa vieja con olor a culo de gato. Después, poco antes de las dos, la hora del descanso, viene la vieja y me dice que me vaya y no regrese más. Yo le pregunto ¿por qué? Y ella me responde “porque ya no hay trabajo”. Ni siquiera se esperó hasta la salida del curro. Al parecer, entre los que acusé de no hacer nada estaban sus preferidos.
Arturo y yo nos sentamos en la barra y pedimos dos cañas. Es la cerveza de despedida y probablemente será la última que me tome con él. Arturo me cae bien y apenas lo conozco, pero nos comportamos como si fuéramos íntimos de toda la vida. Eso es lo único bueno de las ETT, que he podido conocer chavales de puta madre aunque de manera fugaz, como una eyaculación precoz. Frente a la barra, en el techo, hay un televisor puesto en el canal de deportes. Le pido a la camarera que lo cambie a un canal de música y le doy un euro. Lo cambia a un canal en donde echan videos de reaggetón. Le doy cinco euros. Lo cambia a MTV2 en donde justo echan un video del recuerdo de Twisted Sister². Mucho mejor.
—Así que ya lo sabes, compi. Si quieres seguir en esta empresa tendrás que seguir haciendo el curro de otros sin quejarte. O lo que es lo mismo, tendrás que seguir de cuatro patas aguantando que te den sin vaselina.
—Hay mucha peña que aguanta sin vaselina —le digo.
—Cierto —me responde Arturo—. Y yo entiendo que alguien tenga que hacerlo porque tenga hijos o una familia que mantener. Pero yo estoy solo y mal que bien me las arreglo como puedo. Por eso puedo quejarme y si me toca un jefe cabrón lo mando a tomar por culo.
—Pero entonces siempre estarás sin curro porque de todos lados te echarán.
—Hombre, quizás en algún momento encuentre alguna empresa que no sea tan negrera.
—O quizás en algún momento tengas un hijo y tendrás que aguantar, sin rechistar, cinco pollas gordas en el culo a la vez.
—De eso jamás. Antes me regreso a la mili o si no me vuelvo ladrón de bancos.
Miro a los ojos de Arturo y veo que habla en serio. Pocas veces me encuentro con gente con cojones, es decir, que practica con el ejemplo lo que predica. A su lado me siento un mierdecilla porque sé que nunca sería capaz de enfrentarme tan directamente a un jefe y mucho menos de asaltar un banco. No digo que no me sienta mal cada vez que me putean —bueno, en cada momento lo hacen— pero tengo maneras más sutiles de mostrar mi descontento.
Arturo y yo nos terminamos de tomar las cañas. Salimos del bar y nos damos un fuerte abrazo de despedida. Me siento triste porque sé que no me cruzaré con otro Arturo hasta dentro de mucho tiempo y lo peor, que tengo que regresar al curro porque ya se acabó la hora de descanso.
Regreso al almacén de ropa de marca. En la puerta me espera de pie, con las manos al cinto a la manera de un cowboy pistolero, aunque sin pistolas, la vieja con olor a desinfectante de baño. Tiene mala cara y temo que me fulmine levantando alguno de sus brazos para que también le huela el desodorante de sus axilas.
—Han pasado cinco minutos de la hora de descanso —me chilla la vieja desinfectante.
—Es que tuve que ayudar a una anciana a cruzar la calle —respondo.
—Me da igual que a tu madre le dé un infarto y no haya nadie que pueda llevarla al hospital. A las tres en punto se termina la hora del descanso y TODOS, sin excepción, tienen que estar en sus puestos de trabajo. ¿Te ha quedado, claro? Porque si no…
—Mi mamá murió cuando tenía nueve años. No tengo mamá.
De pronto, la vieja desinfectante se queda sin habla. Su rostro se desencaja y con la boca abierta no llega a articular palabra. Veo que, como a todo el mundo en estos casos, se le hace difícil qué decir para no cagarla porque esto de que se le muera a uno la madre es cosa seria. Aunque más serio sería si se llegasen a enterar de que es falso porque mi madre está más viva que una vaca en la India.
—Lo siento, hijo. No quise… —me dice la vieja desinfectante en tono amable. Es la primera vez, en dos días de trabajo, que no la escucho chillar.
—No te preocupes. Fue hace mucho tiempo. Ya lo superé —le digo dándole unas palmaditas en la espalda. Cuando palmeo su lomo siento la textura de su columna vertebral y me hace recordar a la de las iguanas.
—Bueno, Franco —me dice—. Antes de irse, Arturo se dejó un palet en el muelle. Lo que tienes que hacer es subirlo por la rampa y colocarlo donde veas sitio. Ten mucho cuidado de que se te caiga porque son vestidos muy valiosos.
La vieja desinfectante se va. Me asomo al muelle, que es como llaman a la entrada del almacén, y veo que, efectivamente, hay un palet hasta arriba de cajas enormes de treinta kilos cada una. Menuda tarde de curro me espera. Entro al almacén y cojo el transpalet. Bajo la rampa y me coloco frente al palet. Veo que tres trabajadores de la empresa están apoyados a dos metros de mí, en la barandilla de la entrada, mirándome y fumándose unos cigarros. Los saludo con la mano, pero en lugar de corresponderme dan una calada a sus cigarros, tiran las colillas, se dan media vuelta y se marchan. Recojo las tres colillas encendidas. Una prenda asoma por los bordes rotos de una de las cajas de la base del palet y coloco las colillas sobre ella. No tarda en prenderse y teniendo en cuenta que toda la ropa, para que resulte rentable, está fabricada en China y es 100 % polyester las llamas consiguen expandirse rápidamente.
—¡Fuego! ¡Fuego! —grito lo más mariconamente posible corriendo con los brazos en alto por todo el almacén.
Afortunadamente dentro de la empresa hay docenas de extintores los cuales son usados rápidamente para controlar el fuego. Diez minutos después, poco antes de que llegasen los bomberos, todo ha terminado. Se logró salvar el palet. Los vestidos valiosos, en cambio, quedaron hecho mierda.
—¿Qué pasó exactamente, Franco? —me pregunta la vieja desinfectante primero y sé que lo harán los bomberos después.
—No lo sé —respondo—. Estaba colocando el transpalet debajo del palet cuando de pronto veo que sale humo de una de las cajas.
—¿Tú fumas? —me pregunta a continuación.
—No —respondo—. Pero sí recuerdo haber visto a esos tres trabajadores —señalo a los mendas— fumando cerca poco antes del incendio.
Media hora después me encuentro en la calle. Libre de cargos pero sin trabajo como mi colega Arturo y puede que otros tres trabajadores más. Mientras me dirijo a la boca de metro más cercana me cruzo con un grupo de chavales que me insultan y se burlan de mi atuendo. Paso de ellos y sigo mi camino. No digo que no me sienta mal cada vez que me putean —bueno, en cada momento lo hacen— pero tengo maneras más sutiles de mostrar mi descontento.

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¹ Título de una de las canciones del álbum “Stay Hungry” del grupo Twisted Sister.
² Grupo norteamericano de Heavy Metal.

sábado 9 de agosto de 2008

Monstruos De La Profundidad¹

—Así no. Tienes que hacerlo así. ¿Lo ves? Sé que la tuya es la manera en que todo el mundo embala una caja, pero yo lo hago de esta forma. No sólo es mejor sino también más rápido. Cuenta sino los segundos en que demoras en embalar de una y de otra forma. Verás que la mía no tiene comparación.
La primera vez que leí las palabras “self mademan” (hombre hecho así mismo) fue cuando todavía me encontraba en Lima, hace un huevo de años ya, en el suplemento dominical del diario El Comercio, el diario más antiguo del Perú y el más leído por los desempleados (o sea, medio país) debido a su conocida sección de empleos. El extenso artículo (tres páginas completas) en el cual descubrí tan peculiar calificativo yanqui era acerca de un conocido empresario que, según relató en la entrevista, nació pobre, trabajó desde niño, no tuvo estudios y, sin embargo, forjó una financiera cuyas ganancias en ese entonces superaban varios millones de dólares. “Un hombre hecho así mismo”, pues, es el calificativo que se le da a aquellos muertos de hambre que logran, supuestamente sin ayuda de nadie, alcanzar el “american dream” (sueño americano) otro bonito término yanqui que en realidad quiere decir “ser millonario” o sea “ser feliz”.
—Así no. Tienes que coger el tirador de esta manera. ¿Lo ves? Y cuando cortes la cinta de embalaje tienes que hacerlo de esta forma. Lo sé, lo sé. Esta manera es más difícil pero es como se tiene que hacer. Y cuando lo hagas procura no gastar mucha cinta. Cuesta caro y hay que economizar. Por tanto procura no equivocarte.
Años después, aquel “self mademan”, aquel admirable empresario peruano que levantó su rentable financiera de la nada y cuya vida ejemplar era mostrada en sendos reportajes en distintos medios peruanos, pasó de ser una celebridad a un prófugo de la justicia (huyó a Miami) debido a que su empresa quebró y dejó sin ahorros a miles de peruanos. Carlos Manrique Carroña, o que diga, Carreño, ese era su nombre completo, fue acusado de fraude, banca paralela, estafa, falsedad financiera y lavado de dólares del narcotráfico, amén de otras imputaciones no menos carroñeras. Es por eso que cada vez que escucho el calificativo “hombre hecho así mismo” para referirse a un empresario otorgándole un aura de misticismo y admiración sólo por el hecho de haber conseguido hacerse rico sin la supuesta ayuda de nadie, lo tomo con suspicacia. La historia enseña que tanto el poder como el dinero excesivo suelen conseguirse para todo menos para buenas intenciones.
—Yo no pago las horas extras. Si tienes intención de trabajar con nosotros recuerda que puede que haya días que tengas que quedarte más tiempo. En su lugar compenso a los empleados dejándoles salir más temprano algún día de la semana que no haya mucho trabajo. No creo en las horas extras pagadas. Creo en la gratitud, compromiso y fidelidad del trabajador para con su centro de trabajo el cual considero su segundo hogar.
Ayer me llamaron de la ETT para un curro urgente por el metro San Bernardo. Es una distribuidora representante de una firma de relojes europeos muy conocida que se encarga de recibir los productos que llegan desde Suiza y distribuirlos a los mayoristas y minoristas de toda España y Portugal. Mi labor consiste en embalar los relojes y entregarlos al servicio de mensajería contratada por la empresa. El señor Amer, o Fernando, como le gusta que le llamen, es el dueño de la distribuidora, un pequeño empresario dicharachero que, ni bien llegué, se puso a embalar conmigo. ¿Un tío enrollado que quiere ayudarme? ¡Una mierda pinchada en un palo! Es un feo con un parecido tremendo a Boris Karloff que dirige su empresa al milímetro usurpando las labores de sus empleados con el único fin de controlarnos. Un “self mademan” que aspira a convertirse en multimillonario cueste el precio que cueste.
—Soy el mayor de cuatro hermanos. Mi padre murió cuando yo era niño por lo que tuve que currar desde los siete años para mantener a mi familia. Nadie nunca me ha regalado nada y todo lo que tengo se lo debo únicamente a mi trabajo. Nunca fui a la universidad, pero no me quejo. Ahora soy yo el que da trabajo a muchos universitarios.
—Ahora eres el que los explota.
—¿Cómo has dicho, Franco?
—Que decía que sí, Fernando, ahora eres tú el que crea empleos.
—Así es. ¿Ves todo este almacén? Pues lo levanté yo de la nada ¡DE LA NADA! Y no veas lo difícil que fue.
—Robar nunca es fácil.
—¿Cómo dices, Franco?
—Que todo comienzo siempre es difícil.
—Que bien que lo has entendido, Franco. Bueno, creo que te voy a dejar. Ya sabes que a las dos tienes veinte minutos para comer y la salida es a las seis de la tarde. Venga, nos vemos luego.
Por fin se va Boris Karloff. Que tío más pesao. De sólo pensar que de contratarme será mi jefe por mucho tiempo se me pone mal el estómago. Para evitar el cólico, y mientras embalo los relojes suizos, escucho a Devildriver² en mi MP3.
—Franco, ya son las dos. La hora de la comida —me dice Boris Karloff con su mejor sonrisa de anuncio de dentríficos. Veo la hora y tiene razón. El tiempo se me ha ido embalando y escuchando buena música.
—No voy a comer —le digo y por poco no me reconozco—. Voy a seguir currando para adelantar trabajo y aprovechar el tiempo.
Boris Karloff no lo puede creer. “Por fin un verdadero trabajador que suda la camiseta de la empresa”, seguro que piensa. Incluso me sonríe de tal manera que por poco y no parece una sonrisa forzada. Finalmente se aleja afirmando con la cabeza como aprobando una acción digna de encomio.
Pasan las horas y por fin termino de embalar todos los pedidos y de entregarlos al servicio de mensajería. Miro la hora y faltan quince minutos para las seis de la tarde, la hora de mi salida, de mi puesta en libertad. No lo pienso dos veces y me dirijo al despacho de Boris. La puerta está abierta. Me asomo y veo que está sentado tras su escritorio revisando unos papeles. Toco el marco de la puerta. Boris me invita a pasar y a sentarme.
—Fernando, ya terminé de embalar y de entregar todos los pedidos.
—Fabuloso. Lo has hecho pronto —mira su reloj de pulsera—. Todavía faltan quince minutos para las seis. Estoy muy orgulloso de ti.
Por un momento tengo la sensación de estar frente al Padrino y de que lo próximo será que intentará darme un beso y luego un balazo en medio de la frente. Siento escalofríos.
—Gracias por tus palabras, Fernando. Quería saber si podía irme ya que terminé con mis labores.
De pronto la sonrisa de anuncio de dentríficos desparece del rostro de Boris Karloff. En su lugar aparece un rictus como el de alguien que siente que le muerden el escroto.
—¿Irte? —pregunta— Si todavía falta un cuarto de hora.
—Lo sé. Pero como terminé temprano y trabajé en mi hora de comida supuse…
—¡Malo, malo, malo! Yo creí que te quedaste a trabajar en tu hora de comida porque entendiste lo que te había contado respecto a la gratitud, compromiso y fidelidad del trabajador para con su empresa.
—Esta empresa no es mía, Fernando. Es tuya.
—Me decepcionas, Franco. Creí que eras un buen trabajador y no como el común de gente que todo piden y nunca dan nada a cambio.
—Doy mi trabajo y mi tiempo, Fernando. No puedo darte más a cambio de tus palabras bonitas.
—Pues no. No te permito que te vayas ahora porque todavía faltan quince minutos para la salida. Si te vas, no te reconoceré la última hora.
—No me importa.
Le extiendo mi boletín de la ETT en el cual ya aparecen escritas las horas de trabajo desde las nueve hasta las cinco, incluso menos los veinte minutos del tiempo de comida que trabajé. Boris Karloff mira exhaustivamente mi boletín de trabajo, no vaya a ser que me haya aumentado cinco minutos de horas extras, y finalmente me lo firma con la expresión de alguien que acaba de darse cuenta de que está masticando una cucaracha.
—Nunca llegarás a ser nada en esta vida.
Fue lo último que le escuché decir mientras salía de aquel lugar. Cuando estoy a punto de llegar a la boca de metro San Bernardo me levanto la camiseta y veo los cuarenta relojes suizos que pude mangarme durante los veinte minutos del tiempo de comida y que, a manera de cinturón, cuelgan de mi cintura. Y pienso que Boris Karloff puede que tenga razón. Robando así puede que llegue a ser como él, o sea nada.
Aunque, como dice el dicho: “ladrón que roba a ladrón…”

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¹ Título de una de las canciones del álbum “The Last Kind Words” del grupo Devildriver.
² Grupo norteamericano de Death Melódico.

martes 1 de julio de 2008

Pequeño Luchador¹

Un cigarro acorta la vida 2 minutos.
Un whisky acorta la vida 4 minutos.
Un día de trabajo acorta la vida 8 horas.

—Recuerdo cuando entré aquí. Tenía 20 años y acababa de llegar a Madrid desde Pontevedra, mi tierra. Mi hermano, que era mayor que yo por cinco años y que se había venido a Madrid antes que yo, me pagó el viaje en autobús y habló con sus jefes para que me contrataran en la empresa en donde trabajaba. Así que al día siguiente entré a trabajar y aquí estoy desde entonces. ¿Mi hermano? Ya se jubiló y ahora vive en Pontevedra, mi tierra.
Pepito es de estatura mediana, lleva bigote y tiene un aire rancio a esos actores de las películas mudas de los años 20. Él trabaja como maquinista en la fábrica de papel más importante y antigua de España. Su función consiste en pararse a un extremo de las máquinas Winkler+Dunnebier y recoger los millones de sobres que escupen para meterlos dentro de cajas listos para ser enviados a los clientes.
—Mira. Primero separas un taco de 500 sobres con la mano izquierda, luego los apoyas sobre tu pecho y con la mano derecha les das la vuelta sobre la mesa. Después los coges con las dos manos y los metes a la caja. Le pones la etiqueta autoadhesiva y listo. Lo pones sobre el palet. Primero lo harás lento y se te caerán los sobres por todos lados, pero no te preocupes. Verás que a la media hora serás todo un especialista.
Las máquinas Winkler+Dunnebier son de fabricación alemana y transforman enormes bobinas de papel de más de 250 kilos de peso en millones de sobres de distintos tamaños y colores con los logotipos de las empresas más variopintas. Desde bancos y seminarios internacionales hasta los sobres para la Declaración de la Renta y grupos políticos. Las máquinas Winkler+Dunnebier son más largas que altas, pueden medir hasta treinta metros de largo y asemejan a un Transformer destripado.
—El trabajo está muy bien. Ya llevo 40 años trabajando en esta empresa y pronto voy a jubilarme. Sólo tienes que tener cuidado en no meter las manos en los rodillos ni en las cuchillas de la máquina. Y también con ese tipo que se está acercando. Es El Ingeniero, el jefe de esta nave. Cuando lo veas intenta moverte o hacer algo como si estuvieras ocupado así sea tu momento de descanso. Esto que te digo te evitará problemas. Hazme caso. El Ingeniero tiene un mal carácter.
Pepito se esmera en enseñarme los entresijos de su oficio de recogedor de sobres, como si me interesara quedarme de por vida en este puesto, con una dedicación que primero me causó ternura pero que ahora se convierte en escalofríos. Sobretodo después de que se acerca El Ingeniero, como lo llaman aquí, un jefe barrigón muy parecido a Enrique VIII y con aires de rey de este reino de papel.
—¿Quién eres tú? —me pregunta Enrique VIII con aires chulescos.
Me saco los auriculares de mi MP3 en donde escuchaba a volumen bajo a White Lion².
—Franco DiMerda —respondo. Le extiendo la mano. Por supuesto no me la da.
—¿Y qué haces aquí? —continúa con la inquisición.
—Ayer me llamaron de la ETT y me dijeron que viniera a las siete de la mañana. Doce euros la hora me dijeron que pagaban. Así que aquí estoy. Un poco lejos, por cierto, la empresa. Porque esto de venir hasta Tres Cantos a las siete de la mañana ya me dirás tú… Pero todo sea por la pasta.
—¿Pero quién te ha dicho que te pongas en esta máquina con Pepito?
—En la oficina de la nave no encontré a ningún jefe cuando llegué, imagino por la hora, así que me puse a ayudarle a Pepito mientras aparecían los jefes. Ya sabes, para aprovechar el tiempo. ¿No es cierto Pepito?
Pepito no dice ni mu. Por el contrario, baja la mirada, agacha la cabeza, encoge los hombros y continúa metiendo sobres dentro de las cajas como si no fuera con él.
—¡No, no y no! —me grita furioso Enrique VIII. Presiento que me va a mandar a decapitar— ¡Si yo no digo que te pongas en esa máquina tú no te pones en esa máquina! ¡Si yo no digo que te muevas tú no te mueves! ¡Si yo no digo nada tú no haces nada! ¿Entiendes? ¿Cómo sabes tú que en lugar de estar ayudando estás haciendo lo contrario? Aquí yo soy el ingeniero y todas las decisiones respecto a lo que se haga en esta nave son de mi entera responsabilidad. ¿Lo oyes?
Ahhh, los ingenieros… ¡Cuándo no! No es la primera vez que me cruzo con uno. Los ingenieros son una especie en la que vale detenerse un poco. Si tienes la desgracia de ser amigo de alguno de ellos imagino que estará demás decirte de que habrán sido innumerables las veces en que habrás querido estrangularles o por lo menos cerrarles sus puñeteras bocas. Y esto es porque nunca pueden estar callados, siempre tienen que estar hablando y opinando con ese tono chirriante de profesor de escuela de primaria. Pontifican acerca de todo, incluso del pedo del gato, y no hay tema que no conozcan en profundidad así sea un tema de tu propia especialidad. Si por ellos fuera te enseñarían a follar previa entrega de tu propia pareja para las prácticas. Ahhh, los ingenieros… Seudocientíficos frustrados de voz afectada y maneras de dandis invertidos.
—¿Por qué te metes con el chaval? —dice una vocecilla enérgica.
Pepito, Enrique VIII y yo miramos a todos lados pero no vemos a nadie. No es sino hasta que bajamos nuestras miradas cuando vemos a alguien. Un pequeño calvo y narizón con un parecido increíble a Mr. Magoo.
—¡Un maricón es lo que eres! —le dice Mr. Magoo mostrándole sus pequeños puños a Enrique VIII— Siempre metiéndote con los nuevos o con los gilipollas como Pepito. ¡Métete con alguien de tu tamaño, maricón! ¡Métete conmigo a ver si tienes huevos!
Pepito y yo miramos a Enrique VIII y podría decir de que ambos esperamos lo mismo: que El Ingeniero pise a Mr. Magoo o por lo menos lo patee como si fuera un pequeño balón de fútbol.
Pero no pasa nada.
Es más, el ingeniero se calla la boca como Pepito lo hiciera antes y, con la expresión de alguien que acaba de tomar un purgante brutal, se aleja rápidamente quién sabe si al baño o a su oficina que a estas alturas vienen a ser lo mismo.
—Hola, me llamo Gino —me dice Mr. Magoo extendiéndome la manita derecha.
—Franco DiMerda. Gracias por tus palabras —le extiendo la mano a Mr. Magoo que envuelve su manita desapareciéndola por completo.
—No le hagas caso a ese gordo maricón —me dice Mr. Magoo—. Siempre se mete con los nuevos y con los gilipollas. Es un cagueta que se da aires de presidente y que le gusta rodearse de chupapollas. Ya has visto. Me tiene miedo porque sabe que lo conozco desde que entró a la empresa hace siete años. Yo llevo casi 40 en esta mierda de empresa y sabe que conmigo no puede. Aunque alguna vez lo intentó y si no fuera porque me agarraron entre cuatro te juro que lo mato. Desde esa vez ya no me dice nada.
—¿Pero no te gusta este trabajo? —pregunto.
—¿Estás loco? ¿A quién coño le gusta trabajar? —me responde.
—¿Y por qué llevas 40 años en este lugar?
—Por la misma razón que casi todo el mundo, por gilipollas. Porque era joven y quería ganar dinero y entré a esta empresa porque se me presentó la oportunidad y cuando me di cuenta el tiempo pasó y me hice viejo. Siempre quise cambiar de curro pero nunca lo hice porque me dejé ganar por la comodidad de un empleo fijo.
—¿Te arrepientes?
—En esta vida lo he probado todo. He follado, bebido, comido, viajado, me he topado con gente de todos los niveles sociales, he tenido hijos, he vivido situaciones que ni te las creerías. No me quejo. El trabajo es una mierda, cierto, pero si tengo que arrepentirme de algo es sólo de una cosa.
—¿De qué?
—De no haber matado a ese hijo de puta del Ingeniero porque cuatro compañeros míos me sujetaron. Pero espérate nomás que me provoque otra vez. Lo estoy deseando.

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¹ Título de una de las canciones del álbum “Big Game” del grupo White Lion.
² Grupo norteamericano de
Glam Metal.

viernes 9 de mayo de 2008

Perro Negro¹

Hasta que por fin llego a Plaza de España.
Hace diez minutos me encontraba en las afueras del intercambiador de la Moncloa escuchando plácidamente a Led Zeppelin en mi MP3, sentado en uno de esos asientos de piedra tan cómodos que hay al frente del Cuartel General del Ejército del Aire (cómodos comparando con el suelo). Cuando de pronto me llamaron al móvil y resultó ser María, la simpática consultora (simpática comparándola con una anaconda que se te mete por el culo) de la ETT para la cual trabajo. Como siempre, me dijo que me necesitaban para un curro urgente y que si no iba en diez minutos se lo iban a dar a otro. Cosa improbable porque hasta donde sé los trabajos para los que María siempre me llama son los que nadie quiere o el resto de candidatos ha rechazado. Pero como nunca suelo tener más de sesenta céntimos de euro en mi cuenta bancaria, que es más o menos diez veces la cantidad que suelo tener en los bolsillos, entonces acepto y nunca digo que no. Como no tengo bono transporte y en el intercambiador de la Moncloa habían más vigilantes que usuarios de transporte público, decidí no colarme en el metro. En su lugar me vine corriendo por toda la puta calle de la Princesa hasta Plaza de España, punto en donde se encuentra la ETT. La calle de la Princesa está llena de tiendas ideales para gastar tres veces más el costo de lo que sea que vendan en otra parte. Sin embargo, si fuera el puto Bill Gates, tengan por seguro que preferiría gastar mi pasta en toda esa mierda a volver a correr como un descocido por las doce cuadras de que consta la dichosa calle. Durante el trayecto algunas personas, al verme, me sonreían y me preguntaban al vuelo de qué iba la película. “Nosferatu en apuros”, “Tu hermana gótica quiere que se la coman” y “Tu putamadre es un vampiro calvo y travesti” fueron las respuestas que se me ocurrieron al paso. Diez minutos después, sudando como un lechón adobado, me encuentro frente al escritorio de María, quien habla muy animadamente por teléfono, ignorándome por completo como suele ser su costumbre.
—Hola, María. También me da mucho gusto verte.
María cuelga el teléfono.
—¿Qué decías? —me pregunta como distraída.
—Una mentira —respondo sonriendo.
María bosteza.
—El cliente llamó para cancelar el pedido. Así que ya no te necesitamos.
Después de decirme aquello coge una revista Cosmopolitan y se pone a revisarla como si nada. No podía creerlo. Me había llamado para un curro urgente y había venido corriendo como si fueran a presentarse los Led Zeppelin en Plaza de España y resulta que María no sólo me dice que ya no hay curro, sino que pasa de mí sin darme mayores explicaciones. ¿Con quién se cree que está? Ahora se va a enterar esta zorra.
—María… —le digo haciendo un esfuerzo sobrenatural para no llamarla otra cosa.
—Otro cliente necesita un mozo para mañana —me dice María sin dejar de mirar su Cosmopolitan.
De pronto, mis intenciones de estrangularla se esfuman por completo. No hay nada que hacer. Soy una puta.
—¿Otro cliente has dicho? —digo en el mismo tono que utiliza una furcia para atraer a sus clientes.
—El contrato lo tienes delante de ti.
Miro sobre el escritorio y, efectivamente, hay un papel y un boli al lado.
—Doce euros la hora. Ocho horas de trabajo. Una mudanza —me dice María mientras firmo el contrato.
—Los boletines de trabajo también los tienes delante de ti —me dice María sin apartar la vista de su Cosmopolitan.
Cojo los papeles.
—Mañana a las ocho de la mañana en la dirección que está anotada en la parte superior del boletín de trabajo —me dice ya saben quién sin apartar la vista de ya saben qué.
Salgo de la ETT sin decir nada. Esta María es la polla. Me conoce tan bien que sabe qué hilos mover. Cierto que suele darme los peores curros pero por lo mismo son los que más pagan. Mi filosofía es muy simple: todos los jefes, por más simpáticos que sean, siempre intentarán darte por culo. Así que prefiero aquellos en los que paguen más sean los jefes como sean. Así la penetración dolerá menos.
Esta vez no pienso regresar caminando hasta la Moncloa. Decido colarme en el metro de Plaza de España. En la entrada de la calle de Leganitos logro saltarme el control sin problemas debido a que no encuentro vigilante ni taquillero. Subo al metro en el andén correspondiente y tampoco encuentro problemas. Llego a la Moncloa, bajo del metro y me dirijo a la salida. Al lado de las taquillas del metro hay dos vigilantes con sus respectivos perros. Uno es pastor alemán y el otro es de color negro. Cuando salgo del control el vigilante del perro negro se me acerca. Huelo a problemas.
—¿Me muestra su bono transporte, por favor? —me dice el vigilante. Su perro negro mete su hocico en mi entrepierna. Olisquea con fuerza.
—Lo haré si aparta su perro de mis pelotas —le digo.
—Él sólo está haciendo su trabajo, al igual que yo —me responde el vigilante muy suelto de huesos.
Vaya. Me tocó un tipo duro. Entiendo entonces que tendré que utilizar otro método para escapar de allí.
—Lo entiendo, oficial —le digo poniéndome a temblar—. Pero si le digo que aparte al perro no es porque quiera escaparme sino porque sufro de un mal llamado canofobia.
—¿Canofobia? ¿Y qué es eso? —me pregunta el securata perplejo.
—Es un mal que afecta a una de cada mil personas. Es fobia hacia los perros. Aquellos que la padecemos, basta con que veamos a un perro grande o pequeño, comenzamos a sufrir trastornos físicos descontrolados.
—¿Qué tipo de trastornos? —me pregunta el vigilante más confuso todavía. Lotería. Picó el anzuelo.
—Primero comenzamos a temblar. Luego vomitamos. Y al poco nos cagamos y meamos encima.
—¿Os cagáis encima? —me pregunta el vigilante apartándose un poco. Su puto perro negro todavía me sigue oliendo las pelotas.
—Oh, sí. Y como yo sufro diarrea no veas cómo cago. La última vez, en casa de un colega mío que tenía perro, no veas cómo le dejé el suelo. Tres días me dijo que demoró en irse el mal olor de su casa. Y eso que lo limpió con todo tipo de desinfectantes.
El vigilante no reacciona y el puto perro todavía sigue oliéndome los huevos. Tengo que hacer algo. Tengo que completar mi actuación con una prueba palpable. Pujo con todas mis fuerzas. Cómo me cuesta, me cago en dios. Hasta que por fin logro tirarme un pedo. Pequeñito pero sonoro. Suficiente para lograr lo que quiero.
El vigilante por fin reacciona y aparta a su perro negro de mis pelotas. Es más, se dirige hacia su compañero, que se encuentra con su perro pastor alemán al lado de las taquillas, y le entrega la cadena de su perro negro. Situación que aprovecho para poner primera y correr lo más rápido que me permiten mis piernas. Cuando por fin logro salir al exterior no me detengo y continúo corriendo a través del parque de la Moncloa en donde alguna vez recuerdo que me crucé con unos putos Skinheads. Sigo corriendo y cuando casi alcanzo la mitad del parque siento que unos dientes se hunden en mi pantorrilla. Estoy jodido. El puto perro negro me ha alcanzado. Me dejo caer aparatosamente y espero lo peor. Pero no era el perro negro del vigilante lo que me mordía la pantorrilla sino un perrito negro pequeño, casi de juguete.
—¡Chipi, suéltale! —dice una chica pijotera con chándal rosado que aparece de la nada y que aparta al perrito negro de mi pantorrilla. Lo carga en brazos y lo acaricia como si fuera un bebé.
—Lo lamento. Chipi no quería morderte —me dice chándal rosado.
—No pasa nada. En realidad me da gusto que haya sido Chipi y no otro.
—No, en verdad. Chipi seguro te confundió. Como ibas vestido de negro…
—No me digas que tu perro me confundió con un Skinhead.
Pienso felicitar a chándal rosado por enseñarle a su chucho a atacar a tan execrable gentuza. Nunca pensé que una pija tuviera más de dos neuronas funcionando a la vez.
—Qué bah. Si mi hermano también es Skinhead. Lo que pasa es que, como te vio con ropa negra, la confundió con tu piel. Chipi pensó que eras un puto negro.
De pronto siento náuseas. Tanta tensión, tanto correr, tanto perro, tanta gilipollas… No lo soporto y vomito. Litros y litros de gazpacho sobre Chipi, sobre chándal rosado, sobre mis ropas negras… Mi mundo interior sale al mundo exterior.
Y ambos huelen igual.

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¹ Título de una de las canciones del álbum “Led Zeppelin IV” del grupo Led Zeppelin.
² Grupo inglés de Hard Rock.

viernes 4 de abril de 2008

Traigan Sus Propias Bombas¹

Viernes, seis de la tarde. Estoy sentado en una parada de autobús en las inmediaciones del centro comercial Príncipe Pío. Este, al igual que las bancas de los parques, es uno de los pocos lugares en donde todavía te permiten sentarte gratis. No espero ningún autobús en especial, sólo me senté para poder leer tranquilamente un cómic, “Blacksad: Un Lugar Entre Las Sombras” de Juan Díaz Canales (al guión) y Juanjo Guarnido (al dibujo y color). Pero, al parecer, la tranquilidad es lo último que se puede esperar en una parada de autobús cercana a un concurrido centro comercial. Y no lo digo por la gran cantidad de gente atiborrada con bolsas de la compra sino por una vieja con gafas que se ha sentado a mi lado y que me observa detenidamente como si estuviera evaluando mi aspecto. Por su expresión podría decirse de que me va a suspender.
—Un árabe. Eres un puto terrorista de Al Qaeda —me dice la vieja con gafas que tiene un parecido tremendo con el Hada Madrina de Shrek 2.
Intento ignorarla y hago como si no hubiera escuchado. Continúo leyendo mi cómic.
—Es un árabe, un terrorista de Osama Bin Laden —le dice, enérgica, el Hada Madrina a un viejo que está de pie al frente suyo. El viejo se parece al Rey Harold.
—¿Cómo dice? —pregunta sorprendido el Rey Harold.
—Que le digo de que este sujeto es un árabe, un terrorista de Al Qaeda —responde el Hada Madrina con convicción.
—¿Y cómo está segura de eso? —pregunta el Rey Harold mirándome de arriba abajo.
—¿No lo ve? —responde el Hada Madrina— Esa barba larga de musulmán, esas ropas anchas de andrajoso, esa frialdad e indiferencia que proyecta...
—No lo sé —dice el Rey Harold—. Su barba puede ser simplemente una moda; sus ropas holgadas también y su actitud pues… cuando a uno lo insultan puede o bien responder con agresividad o con indiferencia. Quizás lo de él sea lo segundo.
—¡Una mierda! Lo que pasa que usted es un marica. Tiene miedo de enfrentarse con él.
El Hada Madrina busca llamar la atención de otro. Se dirige a un tipo de baja estatura que acaba de llegar a la parada de autobús. El enano se parece a Lord Farquaad.
—Ayúdenos, por favor —le dice el Hada Madrina al enano. Me señala con el dedo acusador—. Es un terrorista de Al Qaeda que va a atentar contra el centro comercial Príncipe Pío.
—¿Qué dice? ¿Cómo lo sabe? —pregunta Lord Farquaad mirándome nervioso.
—¿Ve esa mochila que tiene al lado? Es una bomba —grita el Hada Madrina.
Hasta ahora sólo me limitaba a escuchar sin despegar mi vista del cómic de “Blacksad: Un Lugar Entre Las Sombras”. Pero después de escuchar aquello, y teniendo en cuenta de que no llevaba mochila, aparto mi vista del cómic y miro a mi alrededor. Habrían unas quince personas en la parada del autobús y todas, sin excepción, me miraban con cara de espanto. Miro a mi costado y, efectivamente, veo una mochila cerca de mí que yace sin dueño.
—Esas mochilas bomba fueron las causantes del 11-M —grita histérica el Hada Madrina—. Son bombas modernas que se conectan con una simple llamada del móvil. Lo vi en el telediario.
Un silencio espectral nos envuelve a todos. En el caso de las quince personas de la parada de autobús: el horror de la duda ante el temor de un posible atentado. En mi caso: la grata sorpresa ante la posibilidad de que la mochila sin dueño esté llena de cómics, de discos de Metal Extremo o, mejor aún, de comida con la cual luego me pueda empachar.
De pronto, una melodía rompe el silencio. Es una melodía de baja frecuencia muy parecida a una canción de System of a Down². Cuando reconozco en ella el tono de mi móvil, pero sobretodo, cuando lo saco de mi bolsillo y respondo, ya no es el silencio sino el caos el que se apodera del lugar. Todas las personas que esperaban en la parada del autobús, incluyendo el Hada Madrina, salen corriendo hacia todos lados como si la época de rebajas acabase de empezar. Nadie queda en la parada del autobús excepto yo, un huevo de bolsas de la compra abandonadas y la mochila bomba.
Y también el Rey Harold.
—¿Hola? —respondo al móvil.
—¿Jesús, eres tú? —me pregunta una voz al otro lado de la conexión.
—No. Soy su madre y ahora, por favor, no me vuelvas a llamar en los próximos quince minutos que otra vez me encuentro ocupada con el Espíritu Santo —respondo y corto disgustado al ver que se trataba de un número equivocado.
Guardo mi móvil en el bolsillo de mis pantalones negros. El Rey Harold me observa de pie con una sonrisa dibujada en su rostro.
—¿Por qué no huyó como los demás? —le pregunto— ¿Acaso no cree que soy un fanático musulmán?
—Tengo un nieto —me responde— de quince años que viste y lleva barba como tú y no cree en Alá ni en dios de ningún tipo.
Me señala el bolsillo de mis pantalones. Me dice:
—Además esa música del tono de tu móvil es la misma que pone a todo volumen cada vez que lo visito.
—Pero la mochila ¿Acaso no cree que pueda llevar una bomba? —le pregunto.
El Rey Harold se acerca a la mochila bomba y abre un poco una de las cremalleras. Antes de volver a cerrarla logro ver que asoman de dentro las coloridas portadas de varias revistas porno.
—No hay una sino varias bombas pero que sólo harían mella en la moral de los pacatos. La dejé sobre la banca porque me pesaba mucho.
—Joder con la lectura, abuelo. Yo creía que ustedes sólo leían La Razón³ —le digo al Rey Harold.
—Prefiero este tipo de fantasías. Son más sanas para la mente —me responde sonriendo.
Un autobús llega a la parada. El Rey Harold coge su mochila y se dispone a subir.
—Yo que tú —me dice antes de que se cierren las puertas— cogería todas las bolsas y me las llevaría a casa antes de que alguien regrese a la parada. Ten en cuenta de que no se ha escuchado ninguna detonación.
El autobús se aleja con el Rey Harold dentro. Miro a mi alrededor y, efectivamente, logro ver a lo lejos, como a unos cien metros, algunas personas que se acercan lentamente hacia la parada oteando con miedo como los aldeanos del Reino de Duloc. Cojo las bolsas rápidamente como puedo, siete en cada mano y una en la boca, y salgo corriendo en dirección contraria. Parezco un sintecho de esos que salen en las películas de Hollywood empujando un coche de la compra atiborrado de chucherías. La diferencia es que no llevo coche de la compra si no que tengo que cargar con todo sobre mi cuerpo. Varias calles más abajo llego a un parque que parece tranquilo. Me siento en una de las bancas y suelto las bolsas alrededor. Estoy reventado. Me demoro diez minutos en recobrar el aliento. Una vez descansado exploro las bolsas una a una. Las quince bolsas están llenas de ropa de firmas como Breshka, Zara, Stradivarius, Mango, Pull & Bear, Springfield y Cortefiel, es decir, pura basura. Me cago en la leche. Mala suerte la mía.
Cojo todas las bolsas de basura y las deposito en un contenedor de ropa para el tercer mundo que había en la esquina del parque. La lleno hasta arriba. Cojo mi cómic y me marcho hacia la boca de metro más cercana. Mientras camino pienso en el Hada Madrina, en el Rey Harold, en Lord Farquaad y en los aldeanos asustados del Reino de Duloc y me digo a mí mismo que mi suerte no es tan mala después de todo. ¿Quién sabe? Quizás me encuentre, a la vuelta de la esquina, con la oportunidad que le dé un giro afortunado a mi vida.
Quizás encuentre a la Princesa Fiona.

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¹ Título de una de las canciones del álbum “Mezmerize” del grupo System of a Down.
² Grupo norteamericano de Metal Alternativo.
³ Diario español de ultraderecha.

viernes 29 de febrero de 2008

Muerto Sobre La Pista De Baile¹

—Hola, Franco. Te estábamos esperando. ¿Tuviste problemas para encontrar la dirección? La ETT nos dijo que eras uno de sus mejores trabajadores. Ah, perdona. Con tanto jaleo me había olvidado de presentarme. Me llamo María Isabel, pero puedes llamarme Marisa.
—Mucho gusto, Marisa. Espera que me quito los auriculares del MP3.
—No hace falta que te los quites. Con que le bajes el volumen y puedas escucharme basta. Aquí somos gente muy enrollada. Ya verás. Por cierto, todavía no te he presentado al resto del equipo. Mira, ésta es Zara. Y ésta es Claudia. Y ya está. Las tres somos todo el equipo de la empresa. Como podrás ver las tres nos ocupamos de gestionar los pedidos de los clientes desde esta oficina. Bueno, ahora contigo somos cuatro.
—¿Gestionaré también los pedidos de los clientes sentado frente a un ordenador como ustedes?
—No. Con nosotras tres sobra y basta para realizar dicho proceso administrativo. Nosotras lo que necesitamos es, ya sabes, alguien que se encargue de la entrega y recepción de los maletines de nuestros clientes. ¿No te lo habían dicho en la ETT? Somos una distribuidora de maletines de equipaje. No hará falta que vayas hasta sus domicilios. Para eso tenemos un servicio de mensajería. Tú serás el nexo entre los mensajeros que vengan y nosotras.
—La pared, mas bien.
—¿Cómo has dicho, Franco?
—Que decía que sí, que seré el nexo entre ustedes y los mensajeros.
—Así es. Pero este es un trabajo muy dinámico, Franco, y puedo decirte que también podrás desempeñar labores administrativas como nosotras. Habrán veces en que las tres estaremos muy liadas y necesitaremos de tu ayuda. Para eso te enseñaremos cómo manejar el programa informático que utilizamos para gestionar los pedidos de los clientes.
—Doble trabajo y la misma paga.
—¿Cómo has dicho? No te he escuchado.
—Que decía que sí, que gustoso gestionaré los pedidos cuando ustedes no puedan.
—Ya verás, Franco. El trabajo es muy fácil y nosotras necesitamos a alguien que se quede no por un día sino de manera permanente. Esta es una empresa joven y aquí podrás hacer lo que quieras como por ejemplo llevar tu MP3 puesto.
—¿También puedo poner la música que quiera en ese minicomponente?
—No, Franco. Ese minicomponente es mío, por eso está sobre mi escritorio. Pero puedes poner tu música a la hora de los aeróbics. Ya sé, ya sé. Tú te estarás preguntando ¿hacen aeróbics en esta empresa? ¡Pero qué locas son estas chicas! Ya te dije, Franco, que esta es una empresa joven y dinámica y no te extrañes que aquí las tres somos muy locas y hacemos cosas locas y divertidas. Tres veces al día, al entrar al trabajo, a la mitad de la jornada y poco antes de la salida, las tres nos ponemos sobre esa colchoneta que ves en medio de nuestra oficina y comenzamos a hacer aeróbics. Ya sabes, ejercicios de steps y baile al ritmo de la música. ¿No te has fijado que llevamos puesto el mismo chándal?
—¿Lo hacen por el stress?
—No, por simple rutina. Las tres estamos inscritas en el mismo gimnasio y llevamos un training de ejercicios que no queremos dejar. Porque no sabes lo difícil que es retomar la rutina después de que una la ha dejado un tiempo. Hace un año recuerdo que dejé los aeróbics sólo por un mes y no te imaginas la cantidad de grasa que se me acumuló en la barriga. Y la grasa de la barriga es la más difícil de bajar.
—¿Qué tallas son ustedes de pantalón?
—36.
—¿Las tres?
—Sí. Yo, en realidad, soy 35, pero, como te dije antes, aquel año aumenté de peso y ahora soy 36.
—Y lo que quieres, junto con tus amigas, es no aumentar de 36. Por eso hacen aeróbics en la oficina y después, al salir, en el gimnasio.
—Así es, Franco. Y ahora justo nos toca la primera sesión de ejercicios. Si quieres, como te dije antes, puedes poner la música que te guste en el minicomponente, pero sólo mientras dure la sesión de aeróbics. Es mejor que nos observes desde el rincón de la oficina, por tu bien. No vaya a ser que te demos una patada por casualidad. Nuestras rutinas se componen de ejercicios un poco locos. Ya lo verás.
—Yo tengo una rutina de ejercicios bastante desquiciada que si quieres te la puedo enseñar.
—¿Tú también haces aeróbics, Franco? No me lo puedo creer.
—¿Cómo crees sino que estoy delgado?
—Qué loco. Vale. Tú te pondrás aquí delante y nosotras aquí detrás y todo lo que nos digas lo haremos nosotras. ¿Vas a poner música?
—Por supuesto. Mis ejercicios siempre tienen banda sonora.
—¿Has traído algún CD?
—No me hace falta. Mi MP3 tiene un cable que conectaré a los altavoces de tu minicomponente.
—Y la música que vas a poner ¿de qué Dj es?
Daath².
—Joder, Franco. Nunca había escuchado a este Dj. Es un poco fuerte ¿no?
—Es propicio para el tipo de ejercicios locos que van a hacer. Bueno, chicas ¿están listas para la diversión?
—Estamos listas, Franco.
—Ahora cogeré uno de los albaranes en donde están los pedidos de los clientes y nos iremos al almacén.
—¿Un albarán? ¿Al almacén? ¿Estás seguro que esto es un ejercicio de aeróbics?
—Es el último grito de la moda inglesa en aeróbics. ¿Quieren bajar a talla 34? Entonces a cerrar la boca, coño, y a seguir mis instrucciones al pie de la letra. Ya les dije que este es un ejercicio bastante desquiciado.
—Vale, Franco. Ya no diremos nada.
—Muy bien. Ya están aprendiendo. Ese es el primer paso para bajar de peso. No decir nada ni quejarse. Ahora corramos hasta el almacén. ¡A prisa que parece que les pesaran las bragas Victoria’s Secret! Y ahora… ¡Tú, Marisa, a por el maletín de color fuccia! ¡Tú, Zara, a por el maletín de color marrón! ¡Tú, Claudia, a por el maletín de color verde! Rápido, rápido. Están muy lentas, coño. ¿Ya lo tienen? Muy bien, ahora… ¡Tú, Marisa, a por el maletín con dos ruedas de color negro! ¡Tú, Zara, a por el maletín con cuatro ruedas de color rojo! ¡Tú, Claudia, a por el maletín sin ruedas de color blanco! A prisa, a prisa, que esto parece el IMSERSO, me cago en la puta. ¿Ya lo tienen? Muy bien, ahora… ¡Tú, Marisa, a por el maletín con asa de arrastre de color amarillo! ¡Tú, Zara, a por el maletín con asa de arrastre en forma de media luna de color violeta! ¡Tú, Claudia, a por el maletín con asa telescópica integrada de altura regulable de color…!
—¡Ya basta! ¡Por Dios, Franco! ¿Nos estás tomando el pelo? Esto no es aeróbics. Este es el trabajo que tienes que hacer tú.
—A que es más loco que sus aeróbics.
—No te entendemos, Franco. ¿Qué nos quieres decir con eso?
—¿Quieren bajar de peso? Hagan el trabajo que yo hago y, sobretodo, cobren el salario que me quieren pagar y verás cómo bajarán de peso en poco tiempo.
—Franco, algo me dice que no conectas con nosotras, con nadie del equipo de esta empresa.
—Será porque no llevo puesto el mismo chándal.

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¹ Título de una de las canciones del álbum “The Hinderers” del grupo Daath.
² Grupo norteamericano de Death Metal.